Tesis doctorales

Tesis EVIDENCIAS DEL EFECTO DEL PROCESAMIENTO DE LA INFORMACION EMOCIONAL CONTEXTUAL EN LA CONDUCTA PROSOCIAL - María del Carmen Tejada

“Tenemos una capacidad positiva fantástica, pero también somos capaces de hacer cosas terribles. Somos capaces de torturar a otra gente, de matarla. Todo esto es inherente al ser humano, no es que algunos de nosotros seamos buenos y otras malas personas” — António Damásio

A lo largo de la historia de la filosofía, una discusión extendida se centra en develar la naturaleza del ser humano: ¿somos buenos y es acaso la sociedad la que nos corrompe? O ¿somos malos, capaces de devorarnos entre nosotros como lobos? Este pensamiento dicotómico respecto a la naturaleza de la humanidad es debatido desde una aproximación realista, para la cual el hombre es potencialmente bueno y malo, coexistiendo en él, los impulsos tanto pacíficos y confiables como irascibles y riesgosos (Oro, 2010). En esa dirección, no es difícil, al aproximarnos a la realidad, conocer personas que tienden a involucrarse en comportamientos prosociales, entendidos como la realización de acciones voluntarias destinadas a beneficiar a un tercero o en comportamientos antisociales perturbadores, de manera persistente (Driessen, et al., in press). Sin embargo ¿qué puede hacer que una persona se involucre en mayor o menor medida en conductas prosociales?

El presente estudio pretende abordar cómo la integración de la información emocional contextual, facilita o dificulta una decisión prosocial. El contexto en este caso se entiende como cualquier información que pueda ser útil para caracterizar la situación de una persona (Dey et al., 2001), la cual puede provenir tanto del entorno circunscrito, como de las características propias de la persona. De esta forma la intención es identificar estos dos tipos de efectos contextuales: a) basado en estímulos externos y b) basado en estímulos internos, en el que ciertos procesos corporales internos estructurarían la experiencia emocional (Barrett et al., 2011).

En cuanto a los estímulos externos se investigan actualmente los factores individuales que subyacen al comportamiento positivo orientado a promover el bienestar del otro. Estas investigaciones se concentran en el papel de la empatía en el comportamiento prosocial y aportan una gran cantidad de evidencia (Kaltwasser et al., 2017). La mayoría de los investigadores concuerdan en que la empatía implica la adopción del estado afectivo de otra persona (Coll et al., 2017), y también manifiesta que se ve afectada por factores contextuales situacionales, tales como el nivel de estrés del observador, la pertenencia a un grupo, la similitud en las experiencias vividas, entre otros (De Waal y Preston,2017; Flasbeck et al., 2018).

Dichos antecedentes resultan de relevancia, dado que refleja que la empatía no es un proceso que implica solo una respuesta sensorial automática, como el paradigma clásico de “empatía por el dolor”2 refleja, sino que dicha respuesta es modulada de forma reflexiva, a través de una evaluación cognitiva. Sin embargo, no queda duda que el proceso automático a la base es necesario para que este tenga lugar. Además, se ha podido observar como aquellas personas que alcanzan elevados niveles de empatía afectiva presentan una adecuada capacidad de reconocimiento emocional.

Si bien, el mecanismo de proceso automático que involucra el reconocimiento de emociones sería un mecanismo fundamental para que la empatía tenga lugar, concebirla solo a través de dicho lente nos proporcionaría una visión limitada de la misma. Esto, nos obliga a considerar otros aspectos tanto de la situación como de la persona, con la finalidad de alcanzar una comprensión integral para una toma de decisiones prosociales.

Pese a que a nivel teórico se reconoce y resalta la importancia del contexto situacional para que la empatía tenga lugar, teniendo presente que este proceso no es solo compartir afectivamente la valencia e intensidad emocional del otro, sino que involucra además una modulación cognitiva, los estudios muestran una cantidad de contexto social limitada para poder comprender la experiencia de otra persona (Morelli y colaboradores, 2012). Esta misma limitación se observa en estudios de reconocimiento emocional, donde la evidencia ha demostrado que la información afectiva proporcionada por el contexto afecta la manera en cómo se percibe y codifica las expresiones faciales durante las primeras etapas de procesamiento (Righart y Gelder, 2008), pese a ello, aún se realizan estudios mediante la presentación de rostros aislados, sin la consideración de contexto situacional (Ekman, 1999).

En referencia al segundo contexto en los últimos años, la interocepción4 o detección de las señales corporales internas ha capturado la atención de la neurociencia y la psicología. Se ha podido evidenciar que la información interoceptiva contribuye a la comprensión del sentido de sí mismo. Por ejemplo, cómo las señales gastrointestinales y cardiacas (Crow et al., 2019) interpretadas por el cerebro, desempeñan un papel relevante en los procesos emocionales, tales como reconocimiento de emociones, la toma de decisiones, etc. (Adolfi et al., 2017; Khalsa et al., 2018). La evidencia ha demostrado que muy alta precisión interoceptiva predispone a la ansiedad mientras que una baja precisión se relaciona con dificultad para identificar y describir las emociones (Tsakiris, 2017). Dicha dificultad indudablemente impactaría de manera negativa en la capacidad de la persona para lograr sentir lo que siente un tercero, dado que gracias a la capacidad que tenemos para identificar y describir nuestras propias emociones de manera espontánea, somos capaces de identificar y describir las emociones de otro.

Dicho proceso automático, de reconocimiento emocional, sería un insumo necesario, pero no suficiente, para que la empatía tenga lugar, identificándose a la precisión interoceptiva como mecanismo a la base de un adecuado reconocimiento emocional.
De esta manera, se propone que, la empatía, como proceso subyacente relevante para que la conducta prosocial pueda darse, se basa en nuestra capacidad de reconocer emociones de otro, radicando dicha capacidad en un sistema neurocognitivo que estaría censando los cambios del cuerpo. Bajo esta mirada teórica, la precisión interoceptiva, como la responsable de detectar los cambios corpóreos, que a su vez son las emociones (Damasio, 1994), resultaría critica para la toma de una decisión prosocial.

Frente a lo anteriormente presentado, en este estudio, se plantea evidenciar cómo la integración de la información emocional; a) basado en estímulos externos, entendido como contexto situacional y b) basado en contexto del perceptor, comprendiendo en este caso particular la precisión interoceptiva, afecta una toma de decisión prosocial a nivel conductual y a nivel de procesamiento neurocognitivo (i.e. actividad electrofisiológica y electroencefalográfica).
Para responder a la propuesta planteada se optará por un enfoque de rasgo neuronal (actividad electroencefalográfica), haciendo uso de la técnica de extracción de Potenciales Relacionados a Eventos (ERP), además de la medición de otras respuestas electrofisiológicas periféricas (actividad cardiaca y electrodérmica). Los resultados que arroje el estudio se pueden convertir en valiosos insumos para lograr alcanzar una mirada más completa de la toma de decisión prosociales y de la empatía, al brindar información tanto a nivel de desempeño conductual como del mecanismo neurocognitivo a la base. A nivel práctico, los paradigmas desarrollados permitirían obtener resultados que logren arrojar una mayor claridad y objetividad sobre las diferencias en las decisiones prosociales de las personas y el reconocimiento emocional.

POR: María del Carmen Tejada Rivera
MARZO, 2024

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